martes, 27 de agosto de 2013

Textos: Juan Carlos Lázaro

0 comentarios



LOS POETAS DEL PALERMO / PÁGINA ARRANCADA DE UN DIARIO PERSONAL DE 1971 DE JUAN CARLOS LÁZARO

Agosto 29. ¡Por fin conocí a un poeta del Palermo! Llegué al bar a eso de las 10 de la noche, atisbé su interior desde la puerta, y después de largas dudas decidí ingresar. Desde hace meses quiero ver a Oswaldo Reynoso, cuyos relatos de Lima en rock me fascinan, aunque no sé si me atrevería a acercarme a conversar con él. También quiero conocer a los nuevos poetas, jóvenes como yo de quienes he oído decir que cultivan el “malditismo” y siguen las huellas de Rimbaud. Yo me he iniciado en este oficio a solas y la verdad que me siento muy aislado, igual que en mi barrio, donde a ningún muchacho le interesa la poesía ni los libros. Traspasé pues la puerta del bar y de frente me dirigí al urinario (un buen pretexto para mis propósitos), y cuando terminé y me retiraba, suponiendo una derrota más, vi al poeta César Toro Montalvo compartiendo una mesa con otras personas. A César lo conozco por Contacta, un “festival de arte total” que se realizó en Lima semanas atrás. César, generoso y cordial, también me reconoció y me llamó y me invitó a su mesa. Me presentó a sus amigos en términos muy loables, pero ninguno de ellos se dignó mirarme. Uno era el poeta Gustavo Armijos y el otro una persona mayor, con barba de intelectual y envuelto en un abrigo, que no me dijo su nombre. Después me enteré que era el dramaturgo Gregor Díaz. Los tres bebían cerveza. El Palermo estaba repleto de parroquianos envueltos en una inmensa nube de humo de tabaco. Todos conversaban con mucha animación, algunos con cierta solemnidad, otros desaforadamente. Los personajes me resultaban muy llamativos ya sea por sus atuendos, por el excentricismo de sus gestos, o por lo que decían o proclamaban en voz alta. Al fondo había una mesa repleta de gitanas y gitanos. Toda la escena –incluidos los mozos con saquito blanco y corbata michi– parecía un cuadro impresionista salido del pincel de Toulouse Lautrec. A Armijos, un moreno delgado, de mi edad al parecer (tengo 18 años), de rebelde cabellera ensortijada, se le veía compungido, inexpugnable, como ubicado en los extramuros del mundo. Con los brazos cruzados, con la mirada concentrada en un punto indefinido de la mesa, envuelto en una larga bufanda, bebía su cerveza en pequeños sorbos. Gregor Díaz, sobrio y  atildado, conversaba solo con César. A mí ni me miraba. Yo me sentía “corto” entre estos artistas e intelectuales, cuyas palabras, gestos y silencios me intimidaban. No me atrevía a abrir la boca en absoluto. Apenas respondía con monosílabos y ligeros movimientos de cabeza las gentiles preguntas que me hacía César. Pero luego de un rato, inclinándose a mi oído, es decir por lo bajo, Armijos me preguntó con cierto tono de complicidad cómo yo había conseguido que el diario La Crónica me publicara un poema (lo cual era cierto). Me sorprendió. En el Palermo –el bar literario que con tanto empeño quise conocer y donde ahora me sentía perdido– ya me leían.

EL SER Y LA NADA

En inhóspitos prostíbulos de ultramar
donde el Amor se acuesta con la Muerte
en una cama con forma de barco,
donde los hombres desnudan
sus almas frente a un espejo
y se descubren sin rostro
y sin huellas digitales,
donde el oscuro sexo
de las muchachas
palpita como un corazón
abandonado en
el alféizar de una ventana,
y tras la ventana
no hay otro paisaje que el de la lluvia
y un paraguas negro
desprendido de una mano,
y el aullido de los lobos
se escucha a lo lejos como
un himno que anuncia
la destrucción o
el desastre,
ahí exactamente
tú eres y yo soy
el Ser y la Nada
sin máscaras
y sin orgasmos.

EL SUEÑO Y EL VIAJE

Te he soñado mientras viajaba:
eras la estrella azul
sobre los puentes de la noche,
esa música de arpa
en la oscuridad de los follajes,
el himno del agua
entre las piedras.
Te he soñado en la proa
de las travesías de extramares,
sujeto al pétalo imantado de una rosa,
convertido en ola incesante
y ávida de naufragios,
desesperado de ti,
desesperado,
como Ícaro con sus alas en llamas
precipitándose a tierra.
Te he soñado entre los folios
de las historias nunca registradas,
en un cuarto oscuro
poblado de astros remotos y graves,
debajo de las hojas de los álamos,
encima de la piel de la niebla,
aun sobre las nubes más altas
a donde solo pueden asomarse
las hélices de los helicópteros
y los parasoles desprendidos
de las azoteas.
El tren se detiene.
Soy el último de los pasajeros.
Prosigo a pie sobre los rieles.
Te he soñado mientras viajaba
prófugo y sin equipaje
a la región ilimitada del deseo.



Bibliografía:
Gris amanece la urbe del hambre (1987), La casa y la hojarasca (2001), Entre la sombra y el fuego (2008). Los dos poemas transcritos en este archivo pertenecen al tercer libro.


0 comentarios:

Publicar un comentario

Copyright © Revista La Tortuga Ecuestre 2006-2010 / Elaborado por el área de Comunicación Integral. Con la tecnología de Blogger.