miércoles, 12 de enero de 2011

Poemas de Stanley Vega

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EXORDIO


AGUAS VERDUSCAS SE VUELCAN
sobre mis brazos levantados.
Ríos de anatomías densas.
Ríos que al mediodía el sol suele lanzarle
sus astillas radiantes.
Estrepitosamente mis ojos caen
hundiéndose bajo el devaneo
eterno de sus lomos.
Respiran las nubes.
Carreteras que hierven sobre superficies
de grietas anónimas
anhelan ver la danza ominosa de la niebla.
Y de pronto,
la noche tenebrosamente acaricia
los más remotes arcanos de los rincones.
Sucede esto en momentos
que prescindo del tiempo,
ese monstruo invisible que va derruyendo
nuestros cráneos tibios e inmensos
como una taza de porcelana
flotando en un espacio plagado de café
y otros fantasmas de individuo solitario.
Momentos en que prefiero
una noche medio viva
a cualquier pub destrozado
por uno de mis parpadeos inclementes
dignos de Sadoma y Gamorra.
Pasa que cada uno lleva su mundo
en el lugar menos exhausto.
Y he ahí yo pernoctando sobre las pestañas
de los durmientes.
Viento en mis mejillas.
Elevadísimo. Jalándole un pedazo
de noche a los cielos.
Y he ahí otra vez yo
trocando secretos por versos,
sin temor a que las palabras quemen
mis dedos al cogerlas
o simplemente al mirarlas desde cerca.
Y he ahí una vez más las calles,
benditas calles donde la vida se torna
en una cucaracha desesperadamente extraviada.
Huyo de las multitudes
pues en confabulación perpetua han decidido
dinamitar mi humildad
sin permiso alguno.


En verdad digo
que acabo de percibir
la completa desintegración
de los hoteles en mi pecho.
Así, la garúa es hoy
música deliciosa
en las pieles de quienes hicieron
el amor a oscuras,
encerrados por una torva presencia de muros,
lejos de la húmeda hierba y los turistas acampan ya
en jardines y parques.
El deliquio me permite observar gaviotas
que terminaron suicidándose en cables eléctricos.
Sus cuerpos,
péndulos de un tiempo inmemorable
golpean mi asombro
y cerrazones terriblemente fríos
perturban toda forma de cordura.
Y sin embargo,
una gota que ha dejado caer
el reloj sobre mi frente me ha desesperado.
Pienso en la posibilidad
de desflorar panales o árboles,
buscando el placer detrás de los cercos,
zarzamoras inventadas por mi conciencia.
Pienso en una civilización sin Hobbes,
metrópolis surgidas
como pensamiento líquidos,
solitarias casuchas de ramas secas
que van encegueciendo la litosfera nuestra.
La lluvia pesa como pocas veces este día
y mis carnes empiezan a sentirse barro.
Vivo en una ciudad petrificada,
hermosa puta que lame mis pies
y raspa mis sienes
con toda esa violencia insana de siglos.
Una ciudad es a veces un tonto laberinto,
útil para pisotearla
igual que a una cáscara de naranja
y ya no sentirse tan miccionado
como sus postes.
Discurro sobre líneas
que alguien empieza a engullir,
avenidas que se arrastran
sembradas en largos retazos de piel.
He recorrido junto a mi edad
sin haberla platicado nunca.
Soy un baquiano de mis propios olvidos.
Hago estallar mis vistas
para iluminar todo un millón de latidos


que sostengo entre las manos.




SÓLO QUIERO DESPUES DE MUERTO


vivir navegando en la memoria de un ave.


Alimentarme de insectos


en tanto recorra las ramas


de una estación cualquiera.


Despiojarme las alas.


Beber agua turbia de los charcos


pasada la lluvia


y cagar


cagar mientras vuelo


sin pensar en mi última lectura


o el sentido de mis huellas


dejadas en esta existencia.


Solamente olvidando,


olvidando esta terrible idea de ser humano.










SOSPECHO QUE OTRO SER


no ajeno


viene detrás de mi.


Que atraviesa los días


como a una ruidosa quebrada,


saltando piedra tras piedra.


Que a la lluvia expone


sus cabellos


y hunde sus pasos


en el anochecido lado del asfalto.


Que con sus mejillas


acaricia las aceras del aire


en tanto sigue respirando


mi apariencia.


Ser que me busca


entre las hojas caídas en un árbol,


bajo la hierba crecida.


Otro ser que soy yo.


Condenado a no encontrarme.










EL TRASERO DESNUDO


de un blanca muchacha


que taciturna camina


hacia la madrugada.






Eso es la luna.










RECOSTADO A LAS ESPALDAS


de un árbol solitario


cierta tarde se me ocurrió


escribir tu adorable nombre


con mi orina


en el pleno azul del cielo.






Y así fue


que hasta hoy


ni siquiera el sol a las nubes


han podido borrarlo.














Y SI DIOS OYE TODA VOZ NUESTRA


- como dijiste -


el oído de Dios debe tener


un tamaño descomunal


ya que viviríamos allí, dentro


y el mundo sería pues en este caso


una triste y miserable bolita de cerumen.










De Inútil Inventario














7






Hoy he vuelto a viajar


hacia un lugar


donde nadie me espera.






Y es que a decir verdad nadie existe.






8






Observar la manera


en que el viento


desviste poco a poco


tu cuerpo


y cómo esa flor


apetecible


tiernamente


cae


hacia el césped


oscuro


de mi sexo.










11






Nada poseemos.






Esta piel es una parte más


de toda esta ficción inefable.










15






Mi corazón


cual perrito contento


no cesa de mover la cola


cada vez que te ve.










17






No hay nada


en qué aferrarse.






Ni siquiera los vellos


luminosos de tu sexo


pueden salvarme


de esta caída


inevitable.










19






No me moveré dijiste.


Toda partida siempre nos conduce


hacia el mismo lugar.


Estoy tan cansada.






Y fue en aquel instante que te hiciste humo.


Y empecé a extrañarte como mierda.










21






En las ruinas de este corazón


habita una eterna inquilina.






Oh, soledad, soledad


vano es resollar y gritar


en esta rara niebla que de olvido


lo inunda todo.










28






Abrazo los precipicios


como a esos tiernos hermanos


que jamás tuve.






Abrazo el aire.


Abrazo mi pecho.


Y es una tibia canción la que me acaricia.










34






No es mi deseo


continuar respirando.






No quiero depender del aire.










37






Tenias que hallar


tu ropa interior


en algún lugar de la tarde.






¿Recuerdas aquel juego


que de pronto


nos hacía recordar nuestra infancia?






Era como jugar al ampay


o el chicote escondido.


Y a decir verdad


durante aquella época fuimos los niños


más atrevidos de la ciudad.










38






No son estos pies


los que sostienen mis sueños.






Es cada latido


que me susurra cosas ininteligibles


bajo mi propia piel.






De Danza Finita














STANLEY VEGA






Nació en Santa Cruz, Cajamarca. Reside en Chiclayo desde muy pequeño. Estudió Lengua y Literatura. Ha publicado Inútil inventario (2001), Soliloquio de las hojas (2003) y Danza finita (2009). El año 2006 obtuvo el Primer Puesto en los Juegos Florales de la Universidad Agraria La Molina. Eventualmente escribe para el Suplemento Dominical del diario La Industria de su ciudad. Edita la revista de ideas, creación y sociedad Entera voz

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